Ahora que por todas partes nos llueven palmaditas en la espalda y desde la publicidad o los libros de autoayuda se nos consagra como seres libres, sin limitaciones, capaces de conseguir cualquier cosa –tú puedes, lo importante es lo que tú pienses, que nada te pare–, la ortografía se va arrinconando como un lastre de tiempos superados. Ya no da vergüenza escribir de cualquier manera en aplicaciones de mensajería, redes sociales o comentarios de la prensa digital. Todo vale. ¿Quién tiene que decirme a mí cómo tengo que escribir? ¿Para qué la ortografía? ¿Por qué no escribir como hablamos y dejarnos de complicaciones?

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Fernando Soler

Soy filólogo y profesor jubilado de Secundaria. Ejercí muchos años en el «Cristóbal de Monroy». Participé en la reunión fundacional de La Voz de Alcalá y colaboro en este periódico desde 2006....