Los seres humanos nacemos equipados genéticamente para adquirir el lenguaje, siempre que podamos oírlo y no tengamos limitaciones psicomotrices. En el escaso tiempo de tres años, un niño domina esencialmente su lengua, o sea, es capaz, nada menos, de producir frases que nunca antes ha pronunciado ni oído, tanto como de entender expresiones cuyas palabras aparecen ordenadas de forma nueva, exactamente como ahora ustedes están comprendiendo este artículo, unas palabras que nunca antes habían sido ordenadas así. Psicólogos y teóricos del lenguaje suelen admitir que este proceso de aprendizaje es el logro intelectual más asombroso y brillante que alcanzamos en nuestra vida, sea lo que sea aquello que logremos aprender después. Además adquirimos esta sorprendente habilidad espontáneamente, sin intervenciones pedagógicas ni otras ayudas que nuestro deseo de entender y expresarnos. Bertil Malmberg, un reconocido fonetista sueco, afirmaba que si la lengua materna se aprendiera en la escuela seríamos tartamudos. La educación reglada, por cierto, no hace suficiente aprovechamiento de este modelo de éxito en la elaboración de sus estrategias didácticas.

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Fernando Soler

Soy filólogo y profesor jubilado de Secundaria. Ejercí muchos años en el «Cristóbal de Monroy». Participé en la reunión fundacional de La Voz de Alcalá y colaboro en este periódico desde 2006....