Antes de que apareciera la escritura, durante decenas de miles de años, a las palabras se las llevaba el viento sin remedio. Eran, como dice un verso de Vicente Aleixandre, sólo un suave sonido.  Y duraban lo que las vibraciones de ese sonido tardaban en apagarse para siempre en el aire. Luego podían ser recordadas, repetidas en una canción, en un ensalmo, en un cuento, pero volvían a irse. Esta historia, que es una historia de la especie humana, se repite en la vida de cada niño durante sus primeros años. Cuando aún no leen ni escriben, los pequeños llevan una despreocupada existencia ágrafa, analfabeta, en la que experimentan el lenguaje únicamente como una sucesión de sonidos con los que pueden comunicarse, pero también jugar. Los niños son muy sensibles al aspecto sonoro del habla, se divierten con trabalenguas y otras cuchufletas del lenguaje. Se ríen con las palabras, no les tienen respeto, las deforman, se las inventan.

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Fernando Soler

Soy filólogo y profesor jubilado de Secundaria. Ejercí muchos años en el «Cristóbal de Monroy». Participé en la reunión fundacional de La Voz de Alcalá y colaboro en este periódico desde 2006....