Quiero creer, como dice el filósofo Alain Badiou, que no hay fracaso si hay balance. De ahí que los informes de autoevaluación docente tengan siempre algo de autocrítica indulgente. El caso es que uno se va haciendo mayor y no quiere acabar devorado por la vejez y el narcisismo. Yo solía ser un profesor encantador, o eso quiero creer. Enseñaba a la manera de los animadores socioculturales. Me movía por el aula sin apenas descanso, convencido de que el entusiasmo es un requisito imprescindible para que el conocimiento sea contagioso y fértil. Chocaba con complicidad los puños de los chavales más alborotadores y con asentimientos vehementes mimaba a los «cabezas de chorlito». Bromeaba como un bufón, los chavales se divertían.

CONTENIDO EXCLUSIVO

Hazte socio. Si ya lo eres y aún no tienes claves pídelas a [email protected]

Si ya eres socio inicia sesión