Ya se puede asegurar que estamos al final del ciclo de Pedro Sánchez. Lo aventura el olor a podrido. Ese olor como a sentina reconocible por el conjunto de la ciudadanía, gracias a que la corrupción del PP de Aznar y Rajoy, como antes la del PSOE de González, caló hasta los cimientos del Estado. La imputación del expresidente Zapatero ahonda en la podredumbre, pero es otra cosa. Pues deja tras de sí un espeso y sofocante humo de derrotismo que augura un largo calvario por las contradicciones. Conviene recordar, empero, que se muere tanto por exceso de ilusión, como por exceso de descreimiento.
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