A aquellos de nuestros padres que tuvieron la suerte de ir a la escuela les enseñaron que la letra con sangre entra. De hecho, el maestro utilizaba una vara y, cuando el alumno mostraba una actitud díscola, le pegaba un trallazo en la mano extendida para mostrarle quién mandaba allí. Otro castigo habitual era encerrar al alborotador en el cuarto de los ratones, normalmente el trastero de la escuela o un armario, para que aprendiese a obedecer. En mis tiempos, esos castigos se suavizaron y de la extrema autoridad se pasó a una relación más cercana. Con la entrada de la democracia en España, esa correlación derivó en una afable amistad.

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