La reciente final de la Copa del Rey ha dejado en Sevilla una estampa ya conocida: calles llenas, bares a rebosar y una ciudad volcada en el fútbol a las puertas de la Feria. Y eso que ninguno de los equipos era local; de haberlo sido, la intensidad habría sido aún mayor.
La llegada masiva de aficionados, en este caso del País Vasco y de Madrid, tuvo dos caras. Por un lado, el impacto económico positivo para la hostelería. Por otro, las molestias para muchos vecinos del centro: ruido hasta altas horas, suciedad y un uso del espacio público que vuelve a abrir el debate sobre los límites del turismo y de los grandes eventos.
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