El revuelo mediático que ha creado el tocomocho del máster de Cifuentes está preñado de esperanza. Porque pudiera, más allá de la vergüenza de descubrir una nueva ruta de corrupción del PP, servir también para preguntarnos qué pasa en la Universidad española.
Convertirse en la grieta que ponga luz en ese auténtico agujero negro de la información que es nuestra universidad. A bien seguro, de abrirse esa tumba lo mismo al fondo vislumbrábamos el aullido del mar. El ruido producido por la presión que conlleva toda carrera universitaria, la pedagogía de la prelación y su conocida endogamia; que, al igual que su modelo burocrático de gestión, al menos en parte se explica por la necesidad de devolver favores y, en efecto, hacer caja. La pregunta es, por tanto, para qué –y a quién– van a servir los graduados de una universidad cuyos equipos rectorales están plenamente integrados en la nueva «sociedad cortesana». La respuesta: trágala o calle. Yo sólo espero que los jóvenes estudiantes pidan de nuevo lo imposible, porque ahí a la vuelta de la esquina está mayo, como en el 68 o en 2011, lleno de sueños y esperanza.

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