En los últimos años, el arrepentimiento intelectual y político ha recobrado un singular protagonismo mediático. Aunque, en verdad, no es exactamente eso. Arrepentirse ante los demás significa reconocer que se ha actuado mal y al mismo tiempo expresar pesar por haberlo cometido. Y a lo que realmente asistimos es a medias confesiones. Porque lo que se calla u oculta suele ser más fundamental que lo que se cuenta. Sin la esperanza de un perdón, tan solo se reconoce un cambio de actitud ideológica. En concreto, la derechización de muchos que en los setenta militaron en la extrema izquierda, partidarios incluso de la lucha armada, que, curados hoy del «infantilismo de izquierdas», sobrados de suficiencia, se sitúan en el neoliberalismo, en el conservadurismo o, directamente, en la extrema derecha. 

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