La infancia es una etapa de la vida mitificada. Sobrevalorada, a base de atributos como la curiosidad, el afán de aventura u otras maravillosas zarandajas, que, dado nuestro empeño en asociarlos con la infancia, sin ser exclusivos de una edad determinada han terminado por definir «lo niño». Idealizada desde el ángulo muerto de la madurez, cuando lo que queda ya de vida se sobrelleva maquillando el pasado o enmascarado con detalles encubridores, la infancia resulta salvífica. Se entiende así que la nostalgia sea el sentimiento predominante en los relatos autobiográficos que retratan esa etapa de la vida. Pero esa infancia es parte de la ilusión biográfica, solo atrezo del País de Nunca Jamás, precisamente porque es «también allí [donde] los ángeles de las tinieblas extienden sus alas». Lo cual no quita para que, en efecto, siempre hubiera infancias sobresalientes… 

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