La extensión de la enseñanza secundaria suele contarse como otro de los triunfos de la transición a la democracia. Quienes así lo creen advierten: desde mediados de los ochenta, pocas familias no aspiraban a que sus hijos alcanzaran los estudios superiores en España, que, por fin, la democratización había llegado al bachillerato. Olvidan, sin embargo, decir que el sistema educativo no corrigió la profunda desigualdad de la sociedad española, que la escolarización estaba –y estará siempre– atravesada por la división de la sociedad en clases. Lo que equivale a decir que tanto su consideración como el tiempo dedicado a estudiar y, en suma, el nivel de estudios alcanzado por los sujetos están siempre determinados por el origen y la clase social a la que se pertenezca.

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