Sin hacer ruido, como siempre vivió, el pasado 17 de abril se nos fue un hombre bueno. Una persona cuya existencia transcurrió desde el comienzo hasta el fin ajena a todo lo que no fuera vivir con sencillez. Un hombre que entregó toda su vida a la escuela y al cuidado de su familia. No otra fue su rutina de vivir, convencido de que, a pesar de los años, el niño que crece en la seguridad afectiva nunca olvida. Pues ese niño contiene en germen al hombre que llegará a ser, así lo creyó siempre don Enrique Larive. 

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