El fascismo de hoy es distinto del de ayer. Por muchas razones, empero, no podemos interpretarlo sin ponerlo en relación y comparación con los fascismos clásicos. Por ejemplo, los fascistas del siglo XXI no visten camisa azul mahón, ni negra, ni parda. Ni siquiera lucen «bigotito», pelo engominado, gafa de montura gruesa y culo de botella. Tampoco, en efecto, precisan raparse la cabeza. Más que en los casos muy singularizados, difícilmente hoy se les identifica por su apariencia externa. Y cuanto más difícil son de delimitar, más posibilidades tienen de extenderse. Dicho esto, existen rasgos comunes, tan centrales en el posfacismo como en su momento lo fueron para el fascismo histórico, verbigracia, la violencia, la xenofobia… y el apoyo social. Una violencia, por lo demás, trivializada, convertida en espectáculo.

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