Durante este curso que finaliza he tenido la oportunidad de colaborar con el IES Alguadaíra en una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida docente. Aprovechando la inclusión de la memoria histórica y democrática en el currículo de secundaria, el alumnado de los cursos de 4.º de ESO, Diversificación y Bachillerato ha realizado durante el tercer trimestre trabajos de investigación sobre diferentes temáticas relacionadas con el conocimiento de nuestro pasado reciente en el ámbito local y, más concretamente, con lo referido a la II República, la Guerra Civil, la represión posterior y los modos de vida impulsados durante la dictadura.
Se trataba de analizar, a su elección, episodios históricos complejos, a fin de fomentar la búsqueda de documentación, establecimiento de hipótesis, recogida de testimonios, análisis, debate y posteriores conclusiones que exponer por los grupos. Durante varias semanas, este alumnado ha realizado visitas a personas, consultado archivos, leído documentos, elaborado borradores y síntesis de temas como el campo de concentración de Oromana, la masonería alcalareña, los bebés robados, la vida familiar en el franquismo: la historia de Antoñita, Manuela Genicio buscando a su padre desaparecido en 1936, Trujillo, el último alcalde republicano de Alcalá, el soldado Jaime Piña, la Falange en la vida local, la represión de las mujeres en la dictadura, el consultorio de Elena Francis, la dura vida de Julia Moya o Carmen Sánchez o la mili y Paco… Todos ellos expuestos de manera gráfica en el vestíbulo del IES y que han convertido a este en un museo de memoria histórica y derechos humanos para el resto del alumnado y de las familias que se acercaban a contemplarlos.
Durante estas visitas observábamos cómo muchos de los abuelos y abuelas, padres y madres que se acercaban no conocían la existencia en nuestra localidad del campo de concentración o la historia del alcalde Trujillo, o la existencia de una logia masónica en Alcalá, y eran los propios alumnos y alumnas los que hacían de guías explicándoselos. En otros contextos europeos que han vivido momentos convulsos de su historia no es así. ¿Hasta qué punto se ha alterado el ritmo natural de la historia, donde los abuelos y abuelas explican a sus hijos y nietos la historia que les tocó vivir? ¿Hasta qué punto la historia transmitida ha anulado, silenciado, modificado esa historia de manera interesada para que no se conociera?
En condiciones normales, la red generacional es la que transmite y recibe historias de contingencias vitales, de la memoria familiar como un capital de relatos, de vivencias, de vacíos, de llantos, de temores, de experiencias, de represiones o de silencios. Pero no ha sido así en el caso de nuestro país, donde los silencios se acumulaban, se prescribían, se secuestraban, se manipulaban. Durante décadas, hablar del pasado a las siguientes generaciones suponía un riesgo; relatar las torturas, la represión, el encarcelamiento, el exilio o la muerte les podía poner en peligro. Por eso muchas familias optaron por callar como forma de cuidar a los suyos; se les obligó de esa manera a callar y se secuestró esa parte de la historia para sus descendientes.
Pero el tiempo de los testimonios orales vivos ya se acaba. Los escasos bisabuelos y bisabuelas, abuelos y abuelas deben dejar a las nuevas generaciones, juventud nacida en democracia, sus testimonios para convertirlas en sus depositarias y establecer con ellos y ellas nodos de una red de ciudadanía de memoria que la preserve y la restituya. Estoy convencida de que lo realizado en el IES Alguadaíra durante este proceso de investigación con su alumnado va en esa dirección y es la mejor manera de adquirir un aprendizaje competencial y crítico tan necesario en los momentos actuales. La satisfacción del alumnado en las exposiciones de sus trabajos es buena muestra de ello. Por ello, traslado mi felicitación al Departamento de Historia del centro, a su profesorado y especialmente a su jefa de departamento, Carolina Rendón, pieza clave en este impulso.
