Aún no ha salido del todo el sol y la casa permanece a oscuras, pero la cocina ya está encendida. En unos minutos se oirá la voz de cada mañana: «Venga, para arriba, que hay que ir a clase». La casa comenzará la rutina que acaba con los niños en la puerta del colegio. Mientras, en esa cocina, unas manos dulces envuelven el desayuno en un papel plateado que se adapta al panecillo. Ese papel de orillo que, llegado el recreo, abrirá su hijo hambriento antes de volver corriendo a jugar.
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