Los independentistas catalanes nos tienen hartos al resto de los españoles. Mucha gente cambia de canal cuando se habla de ellos en la tele o en la radio. Son como esos hijos consentidos que se creen con derecho a todo a cambio de nada.
Durante la democracia se han aprovechado de unos padres inexpertos para conseguir lo que querían y obtener más que los demás porque para eso eran los más llorones y había que contentarles.
Es cierto que Cataluña ha sido la tradicional locomotora de España. También lo es que goza de una situación estratégica respecto a Europa y que ha conseguido a lo largo del franquismo y de la democracia más concesiones para su desarrollo que otras comunidades, lo que explica su mayor productividad, ahora bien, forma parte de un todo sin el cual pierde mucha de su eficacia. Las leyes democráticas que nos impusimos han provocado que la derecha al igual que la izquierda necesitara su apoyo para poder gobernar, y ambos, derecha e izquierda, cedieron al chantaje de sus exigencias mirando para otro lado y permitiendo que se cometieran todo tipo de tropelías. De ese modo, los catalanes y los vascos se acostumbraron a ser los favorecidos sin por ello haber estado nunca contentos pues, cuanto más se les daba, más exigían.  El Estado es culpable de no cortar de cuajo esas pretensiones injustas respecto a otras comunidades. En el presente, con una situación privilegiada respecto a otras regiones se permiten llamar nazis a quienes en su comunidad no son independentistas y nadie les grita, sin embargo, eso mismo a ellos aunque motivos sobran para hacerlo.
Todos pensamos con buena fe que, después de la hecatombe que provocaron los nazis alemanes, esa ideología quedaría enterrada bajo el peso de la vergüenza para el resto de los siglos.  Pero no es así, la tentación de volver a resucitar al nazismo sigue vigente en Europa y vuelve a asustar con su prepotencia a todos aquellos que pensamos diferente. El nazismo se sustenta en la superioridad de la raza y en el predominio de las emociones sobre la razón.  De modo que los independentistas son como esos fanáticos religiosos que no razonan ni admiten que se les razone. Son peligrosos porque no les importa inmolarse por «su causa». Manifiestan su supuesta superioridad sin pudor.  Se alimentan de victimismo: «nos roban y nos maltratan». Se creen sus propias mentiras y las defienden como verdades inamovibles. Pretenden que les apoyemos y les entendamos porque sí. Imponen su credo a todos, y están dispuestos a eliminar a quien se oponga. Olvidan que han ganado las elecciones en escaños no en votos porque la ley de Hondt les favorece. Olvidan lo que no les interesa recordar...
Ahora bien, el resto de los españoles no deberíamos olvidar nada.  Conviene no repetir errores. Habría que empezar por cambiar esa ley que permite a las minorías imponerse sobre las mayorías y corregir con inteligencia y sentido de Estado treinta y siete años de adoctrinamiento.

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Cristina Martínez

Escritora y columnista de La Voz de Alcalá.