El río Guadaíra era un torrente que proporcionaba vida a la comarca. No solo dio de beber sino también de comer a la gente que se fue arremolinando en torno a sus orillas, regaba las huertas árabes, procuraba fuerza a los molinos, solaz en sus riberas, y en sus aguas cristalinas se bañaban los niños y mayores durante el verano, y pescaban los aficionados y también aquellos que querían llevarse un bocado a la boca. Hoy es un regato maloliente, a veces lleno de espuma, no apto para la vida, torrentera enfadada cuando es tiempo de lluvias, como si quisiera llevarse corriente abajo tanta impureza y basura como se deposita en sus márgenes y en su lecho. Un triste destino para un río alegre… Esos mismos políticos que se quejan impotentes de que no se puede hacer nada podrían haber intervenido hace mucho para que esta tragedia no ocurriera… Me cuentan que los empresarios que desde el nacimiento del río mismo lo envenenan, de vez en cuando reciben multas, pero echan cuentas y les sale más barato pagar las multas que instalar depuradoras. Yo creo que este círculo vicioso se puede cortar. Es cierto que algunas empresas son culpables de ese envenenamiento, pero también lo es, en muchos casos, que carecen de los recursos para implantar depuradoras que les permitan seguir con su producción sin dañar a la naturaleza ni desfondar sus previsiones económicas. Tal vez si en lugar de multas hubiesen recibido ayudas para la instalación de esas depuradoras muchos las hubiesen instalado ya y a los que no, guerra sin cuartel y cárcel si fuese necesario… Dinero público para los empresarios, sí, pero bien utilizado. Porque los empresarios crean empleos y esos empleos crean puestos de trabajo y eso es necesario para el bien común. Hay que acabar también con esas laderas del castillo transformadas en basurero y para eso se necesita una firme voluntad política y educación. Es posible si se quiere. El problema es que tenemos muchos políticos, pero pocas ideas… A mí me gustaría pasear por las bellas márgenes de un Guadaíra trasparente donde vuelvan a criar los peces, puedan bañarse los que no pueden ir a la playa en verano, y donde vuelvan a pescar los aficionados y también los que quieren llevarse un bocado a la boca sin envenenarse; un Guadaíra que vuelva a ser el río alegre que fue…

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Cristina Martínez

Escritora y columnista de La Voz de Alcalá.