Stefan Zweig y su mujer, Lotte Altmann, se suicidaron en pareja. Se metieron en la cama, tomaron una sobredosis de barbitúricos y legaron al mundo la tétrica imagen de su desesperación y su derrota. Hoy, jóvenes insatisfechos publican en las redes su felicidad fingida de filtros digitales y muecas ridículas. En 1942, Stefan y Lotte no sintieron pudor ante la idea de que las generaciones futuras pudieran contemplar la blandura gris y desolada de la muerte reflejada en sus rostros.
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