El lujo más asequible es el desayuno en un bar. El tabernero del lugar donde trabajo los prepara con esmero y trata a la parroquia con la pleitesía propia de la aristocracia de barrio. El milagro de los panes se revela cada mañana en un plato sobre el mostrador. Con una servilleta de lecho, un bollo pequeño de pan de Alcalá, dorado por un toque de tostador, es bendecido con un generoso chorreón de aceite de oliva virgen extra de Jaén, al que se le sobrepone unas rodajas de tomate de Conil que Vladi, el propietario del bar La Picassiana de inspiración malagueña, me comenta que los compra ahora que son de temporada en la frutería de Mohamed en la calle La Mina; el resto del año se nutre del milagro almeriense.

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