En lo único que coincidimos los alcalareños es que todos nos sentimos orgullosos del Parque Oromana. Nuestro grado de estimación va desde un aprecio desmesurado a posiciones más tibias, pero todos, de una u otra manera, no dudamos en reconocer que la naturaleza ha sido generosa con nuestra ciudad, a pesar de haberla maltratado sin compasión durante una larga época, y aún seguimos reincidiendo aguas arriba. Si tenemos alguna visita, nuestra primera opción siempre será acompañarlos a dar un paseo por esta maravilla, contarles algo sobre su singularidad, la sucesión de molinos que han jalonado su valle, hitos de un paisaje que nos sirven de introducción en la narración de nuestra particular historia local, su desarrollo preindustrial y nuestra razón de ser en este territorio. Es por ello que debemos cuidarlos y mantenerlos una vez desposeídos de su función y desaparecidos sus custodios. Ya hemos comprobado que no es viable un uso alternativo. Su misión es ser depositarios de nuestra memoria, testigos del tiempo pasado, contado en vueltas de piedras de moler.

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Antonio García Calderón

Arquitecto