Alcalá (y España) necesita ser administrada como Dios manda, con una coreografía de espectros donde la soberanía popular se diluye en las nubes de la creación y la verdad de la auténtica historia, no esa porquería de falsa memoria impuesta por el que ha caído. Se acabó el juego, señores. ¿Pues no hay una genealogía del Bien, un hilo visible y luminoso, que anuda el humor fundacional de aquel lejano 11 de marzo de 2004 con la actual sublimación moral de un Estado convertido en luz de occidente? Desde estos días de miel, la vieja España vuelve a ser un imperio dominante que no depende ya de los designios de la satrapía transfronteriza, mientras la bendita Corona –un foco heráldico provisto de nervio y de dignidad femenina– asiste, gracias al Viso, entre otros, al renacer fulgurante de un pueblo que ha vencido a la camorra de pseudo filantropistas chupatintas de la vieja geopolítica.

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