Antonio Ordoñez en la puerta de su panadería. Coral Gata/Marina Ortíz

Durante medio siglo, Antonio Ordóñez se levantaba de la cama sobre las 4:00 horas de la madrugada, bajaba al obrador y comenzaba a amasar pan. En estos últimos años se despertaba antes, a las 0:30 horas, y junto a Carlos y Alfredo iba dando forma a los bollos, roscas, picaítos, cuarterones y molletes, la especialidad de la casa. En el último horno de leña de la Alcalá de los Panaderos en activo, horneaban el pan y, antes de que saliera el sol, lo repartían por bares y tiendas. Pero esto acabó el día 30 de junio. Con la jubilación de Antonio, cesó la actividad en la panadería más antigua de la ciudad, la de la calle Dos de Mayo.

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