En mi tierna infancia, allá por 1951, 52, 53, 54… ir al cine, ver una película cualquiera, era toda una experiencia. En un pueblo como Alcalá, donde casi nunca ocurría nada, con periódicos y libros muy parcos en ilustraciones, la gran pantalla era la única oportunidad de acceder a imágenes que, además, estaban en movimiento y tenían sonido. Por si fuera poco, los precios, asequibles en los locales de invierno, se abarataban más en los de verano. Era entonces el cine muy popular. De hecho se había convertido en la diversión preferida de niños y adolescentes (seguida solamente por la lectura de tebeos), aunque gustaba igualmente a los mayores.

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