El acontecimiento más maravilloso de ese año pasó en esta familia. A mis amigos África y Luís Miguel les nació una hermanita. Le pusieron Esperanza de nombre, era una niña preciosa. Esperanza era el bebé de todos, incluida yo; entrábamos todos a verla todos los días y comprobábamos emocionados con infinita admiración su extraordinaria transformación. A los tres meses empezaron en su casa los preparativos para el bautizo de Esperanza. A mí me llamó doña Ángeles y me dijo que estaba invitada a su bautizo. Mi tía, llena de satisfacción, con la ayuda de mi tata me hizo un vestidito de percal blanco con un diminuto lunar rojo y otro azul. Este vestido llevaba un volante por el escote y otro volante por el filo del dobladillo de abajo, y un gran moño recogido detrás en la cintura.
La semana antes del bautizo fue alucinante, qué movida: allí no paraba nadie. Llegó una camioneta llena de sillas y mesas. Cuando empezaron a descargarlas, nosotros tres nos pusimos a llevar sillas como locos. Pusieron mostradores. Colocaron unas tarimas en un rincón y la acondicionaron para los músicos. En el chalé había un patio interior impresionante que se comunicaba con las cocheras y allí estaba destinada la celebración. El patio se adornó con muchos farolillos de colores e infinidad de globos, también pusieron muchas guirnaldas de flores de papel y cadenetas de vivos colores. Los niños vivimos esos días de preparativo a tope, no parábamos. Desde luego, allí siempre había gente haciendo algo, y nosotros en medio de todos queriendo ayudar, que más que ayudar lo que hacíamos era estorbar.

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