Opinión / LVA

Mi hermana y yo siempre estábamos jugando con todos los niños y niñas que vivían en mi calle. Muy cerca de mi casa había un sembrado de trigo en el que en las tardes templadas del mes de abril, una de nuestras diversiones favoritas era cogernos de las manos y dejarnos caer de espaldas sobre el trigo. Así permanecíamos, tumbados, mirando como pasaban las nubes y jugando al veo veo con ellas. Lo que veíamos algunos era alucinante, a todo lo que pasaba volando le poníamos nombres. Veíamos nubes con cara de vieja, otras nos parecían un barco pero nunca conseguíamos adivinar nada de lo que se decía que teníamos que averiguar, por lo que estábamos siempre riendo.

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