En el banco estaban bajo la sombra grata de un gran árbol. Estaban tan bien allí, callados porque lo preferían, pues siempre tenían mucho que decirse, que el tiempo pasó sin que se dieran cuenta de que habían llegado el mediodía y el calor. Era como si se acabaran de despertar después de haberse quedado dormidos. Lejanos, se escuchaban ruidos de grúas y también gritos de albañiles desde las torres de pisos que se construían en una ciudad que no paraba de crecer. Contemplaron, aún sentados, el lago, que era como un espejo que brillaba todo él reflejando la infinita luz del sol.
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