En el Ulpiano les sorprendieron las primeras luces del amanecer, entrando por los ventanales y la gran puerta acristalada. Los dos ventanales servían como escaparate del bar y en él colocaban las tablas a tiza donde, escrito a mano, informaban a los que pasaban por la acera de la carta de las comidas y las bebidas. El pequeño, pero animado bar estaba a rebosar de su clientela, la más habitual, la que casi todo el año entraba en el Ulpiano aunque fuera sólo para tomarse un café. Como no cerraba ni un solo día era de los pocos locales que abrían en Nochevieja. Juan y Sol no podían aún ser considerados los clientes de siempre porque sólo llevaban siéndolo desde que habían decidido abrir en San Nicolás La Nocturna, que fue casi por casualidad, porque allí en la Plaza de Tribunales abundaban las librerías de Derecho y pensaron que ya había un público acostumbrado a comprar libros jurídicos. Con su librería de lo que se trataba era que la costumbre se enriqueciera animando al público a comprar libros de poesía o de cuentos, generalmente de viejo, aunque también tuvieran a la venta novedades.
Antes de marcharse del Ulpiano tomaron mate, sorbiendo lentamente la bombilla, saboreándolo juntos. Muchos ya los conocían como los libreros de La Nocturna, pero nadie sabía que en la trastienda de la pequeña, aunque muy abastecida librería, se investigaban los crímenes más misteriosos de Buenos Aires. Pero el amanecer de aquel 1 de enero de 1973 les llegaba despiertos, y los que los veían además de ver dos libreros, veían a una pareja de enamorados que se habían pasado la noche hablando y leyéndose libros, pues tenían la mesa llena de varios ejemplares que habían usado para leerse citas una y otra vez. Algunos pensaban que eran, verdaderamente, dos raros, pero otros se daban cuenta de que se lo pasaban muy bien, y que si no estaban borrachos, seguro que sí algo achispados, porque no habían dejado de beber un vino blanco, algo afrutado, que podría recordar a los vinos de las bodegas alemanas a orillas del lejano Rin.
Después del mate les entró hambre y decidieron desayunar café y medias lunas. Fumaron algunos cigarrillos y marcharon cuando ya el sol brillaba en lo alto dando a las copas de los árboles el amarillo del verano que dejaba en el aire una alegría, fresca por la hora, pero que el calor del mediodía se llevaría en cuanto se empezara a notar la potencia del verano austral. Vagaron largo rato por las avenidas desiertas. Los coches estaban guardados en sus cocheras y los porteños dormían después de la fiesta. Cruzaron un parque silencioso, donde parecía como si la noche no se hubiera retirado del todo, y todo estuviera quieto como una casa sin nadie y alguien hubiera dibujado la luz, porque la luz no parecía natural, como si los colores los hubieran puesto unos pintores inspirados. En el centro del gran parque había un lago en el que se reflejaba un cielo azul y sin nubes. Estaban de muy buen humor. Vieron un banco y se sentaron, esta vez, sin nada decirse. Callados aunque no tristes.
