Condiciones insalubres en las que vivían los menores / Lva
Condiciones insalubres en las que vivían los menores / Lva

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Tribuna de María José Lera

Hace diez años entrevistamos a los niños del asentamiento de La Verea, en Alcalá de Guadaíra. Un total de diez menores de entre siete y 18 años nos contaron sus principales problemas y deseos siendo gitanos, muy pobres y chabolistas. Ahora, no queda nadie en dicho asentamiento; las cinco familias originarias viven en Alcalá, algunas en casas de maestros cedidas por el ayuntamiento, otras, ocupando infraviviendas.

Todas las familias comparten las mismas condiciones, ya tienen un techo, algunas agua y luz (otras ni eso), pero nada más. Faltan comida, camas, sillas, mesas, champú. Ni cepillos de dientes tienen.Los Servicios Sociales les proporcionan 120 euros al mes a algunas de ellas, y ante esta realidad las madres se buscan la vida como pueden para alimentar a sus familias, algunas de ocho y más personas. En estas condiciones de vida sus hijos e hijas se «integran» en los centros educativos que les corresponden, pero son gitanos, y no solamente son gitanos, sino pobres, y además muy pobres, y exchabolistas. Todo esto conduce a sufrir una exclusión racista y clasista permanente, constante.

Quizás los mayores puedan gestionarlo, pero ¿y los niños y niñas? Cómo le explicas a una niña de once años que está excluida y lo seguirá estando, que no tendrá amigos ni amigas, salvo sus primos que son tan pobres como ella, que nadie la invitará nunca a un cumpleaños, ni a jugar, ni a salir, y que va siendo consciente de que el rechazo la acompañará allá donde vaya en Alcalá. Para estos niños y niñas exchabolistas, que son tan humanos como los de cualquier familia, les es difícil soportarlo y las heridas emergen: ansiedad, estrés, depresiones, problemas mentales, anemia, intolerancias alimentarias, cáncer, problemas de corazón, problemas de crecimiento, de atención, incluso intentos de suicidio. Se sienten tristes, muy tristes, y después de mucho razonar la única causa que explica su sufrimiento es haber nacido siendo gitano, pobre y chabolista en Alcalá de Guadaíra. Este es su estigma, que de haber nacido en Jerez o en Utrera otro futuro les esperaría.

La mayoría de las personas al leer esto, incluso los más profesionales, pensaran que esto del chabolismo, de la integración de los gitanos, es un problema histórico, endémico, de muy difícil solución; pero esto es una simple excusa para no querer ver esta realidad. Si Alcalá tuviera decenas de familias chabolistas que realojar, quizás pudiera ser un problema por la limitación de recursos, pero no es así. Si tenemos en cuenta los datos, los números, el reto para Alcalá era y sigue siendo facilitar la integración de cinco familias chabolistas, y ahora y con especial atención a los cinco menores que aún están en centros educativos. Desde la psicología sabemos que, para que cualquier persona tenga una salud y un desarrollo apropiados, necesita sentirse bien relacionada e inte-grada en su entorno; competente, con habilidades y con la sensación de sen-tirse útil para los demás; y autónoma y satisfecha consigo misma.

Estas dos niñas y tres niños -que han vivido como chabolistas en La Verea- necesitan, como cualquier persona, sentirse queridos, integrados en una comunidad que los acoja, no que los rechace; sentirse competentes, evidenciar que sir-ven para algo, que saben hacer cosas y se les admira por ello; sentirse or-gullosos de ser ellos mismos siendo quienes son, con su identidad, su nombre, su apellido y su etnia. Cuando estas necesidades se frustran, tienen sus consecuencias muy negativas en su salud física y mental, como nos constata la realidad.

Nadie se puede creer que un pueblo de 75.000 habitantes no tenga recursos para facilitar la integración psicosocial de cinco menores. Cosas tan fáciles como proporcionar bonos de comida y de productos de higiene para que simplemente coman y puedan cuidarse; bonos sociales que les permitan tener un móvil, ropa, conexión a internet, libros, lápices, o zapatos de su talla; más atención psicológica para superar su pasado chabolista y traumático, acompañamiento socioeducativo para facilitar el éxito y la integración escolar, y que incrementen sus redes sociales. Estas serían algunas de las medidas a realizar con cinco menores. ¿Seguro que este Ayuntamiento no tiene capacidad para atenderlos?, ¿lo ha ofertado a las familias?, o ¿es que ni siquiera se lo ha planteado?

Si desde el Gobierno municipal se sigue sin actuar podría considerarse una vulneración de los derechos de la infancia; y no de «cualquier infancia», sino precisamente la de estas niñas y niños que son víctimas de todo tipo de estigmatización y factores ne-gativos para su desarrollo (pobreza, racismo, exclusión social, hambre, chabolismo), y por lo tanto quienes cuentan con mayor protección por parte del sistema social y legislativo. Nunca es tarde si la dicha es buena, dice el refrán. Ojalá estos cinco menores se conviertan en un reto y una prioridad para los Servicios Sociales, y en una oportunidad para mostrar su gran profesionalidad con estos pocos casos, pero tan específicos, graves y urgentes.

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