La muerte inopinada, inoportuna, injusta nos da «dentelladas secas y calientes» y nos planta espejos incómodos frente a la asunción de certezas, a las inercias, a la previsibilidad. Los 45 conciudadanos muertos en el accidente de Adamuz han sido un aldabonazo rotundo en las frágiles puertas tras las que nos resguardamos como sociedad. Nos han despertado de un letargo comodón y miope.

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