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Cuando pasamos por el Palacio de Buckingham, había una gran aglomeración de gente. Era «el cambio de la Guardia Real». Todo un espectáculo.


Pasaba por aquí (Madrid), frente al Palacio del Congreso el viernes 1 de junio. Una multitud aguardaba la salida de los diputados. Ya se sabía el resultado de la votación, a la que el presidente acudió sólo tres minutos antes para despedirse y decir que dejaba una España mejor.

La policía se afanaba en contener esta masa que quería participar del «cambio» que se estaba produciendo: corruptos, ladrones, gritaban unos; esto es una dictadura, sí se puede. Los que iban en coche saludaban. Los de a pie, concedían entrevistas. La gente cruzaba para fotografiarse con su político favorito.

Y el ambiente iba calentándose. Uno, con un megáfono decía: «La verdadera lengua es el valenciano», mientras un emigrante alababa al «renacido» Pedro Sánchez y un abuelo con un cartel alzaba la voz para pedir una pensión digna.

Nada, uno que sale y otro que entra. Y nosotros seguimos igual, apostillaban.

¿Quién pagó el hotel donde se atrincheraron los barones del PP durante ocho horas haciéndole un «feo» a España? ¿Cuál sería el menú de «la última cena» para Rajoy en Moncloa?

¿Cambiará el nuevo presidente el colchón antes de mudarse? ¿O será un gobierno de paso?

Aquí sólo faltó, para parecer una película de Almodóvar, una voz que gritara «¡Pedro!».

Lucre Romero

Maestra, especialista de francés. Titulada por la Escuela Oficial de Idiomas, colabora en La Voz de Alcalá desde el año 2003 y en el periódico local 'La higuerita' de Isla Cristina desde el año 2010....

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