Hace días disfruté de una de esas conversaciones que se tienen muy de poco en poco, de esas en las que se solucionan los grandes problemas del mundo. Fue ahí, en mitad de las argumentaciones concienzudas, cuando advertí que en mi última columna me había comportado como un narrador objetivista, intentando reproducir lo que veía y oía, pero dejando fuera todo lo que se quedaba sin ver.

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