Me gusta tanto la Navidad como una buena corrida de Morante de la Puebla o un regate de Joaquín. Soy Grinch, lo reconozco, porque prácticamente ninguna de las aristas que tiene esta poliédrica festividad encaja con la forma que tengo de ver el mundo. Puedo vivir perfectamente sin iluminación ornamental por las calles, porque ni siento ni padezco la magia del LED. Y mucho menos cuando este espectáculo cuesta o, costará en el caso de Alcalá, dos millones por año, según el próximo contrato que se firmará con la empresa suministradora.

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