La tarde lluviosa y ventosa me sienta frente a la caja tonta. Un  tertuliano pretencioso diserta sobre el pensamiento único, elogiando a Schopenhauer, Marcuse y Ramonet. Mientras duramente critica la opinión al respecto de Sarkozy.
Curioso entro en Internet y busco las opiniones de este último y leo  «el pensamiento único es el de  quienes  aparentan saberlo todo, de quienes se creen no sólo intelectualmente sino también moralmente por encima de los demás. De quienes condenan la política mientras la practican». Ello me lleva a saber acerca del dictamen de los tres escritores anteriores.
La lectura me pareció soporífera. Y como se ha echado la noche, tras una cena frugal, me voy a la cama. Y nada más dormirme, supongo, empieza mi pesadilla.
En ella aparece el universitario podemita Pablo Iglesias, al que tengo por poco cultivado intelectualmente, parlanchín donde los haya, con la envidiable capacidad de atraerse a un segmento de nuestra sociedad.
En mi desasosiego me veo asistiendo a una conferencia en la que el ¿ínclito? explica su particular teoría del pensamiento único, que aplicará en España cuando gane las elecciones.
Ahora lector comprenderá lo de mi pesadilla.
Iglesias y su pensamiento único me recuerdan que en épocas de tiempos difíciles  emergieron  personajes venidos a «salvar» al pueblo. Y una vez «salvado» se  convirtieron en sus opresores. Algunos enarbolando como el podemita la arcaica ideología estalinista. Caso Maduro, su supuesto mecenas.
Si los españoles, embaucados por el «señor de la coleta» y por ciertas televisiones, le otorgáramos mayoritariamente nuestros votos, sería indudable que abandonaría el camino de la Democracia, usada como  fin, para instalarnos en el casposo comunismo.
Con gran esfuerzo logro despertarme. Abandonada la pesadilla, el insomnio me invade. Y me lleva a preguntarme: Qué harían, qué hacen, los partidos defensores de La Constitución para impedir que por  vía democrática no reciba más votos que los de su cohorte podemita.  ¡Nada! Me digo.
Por su comportamiento en general. Por su escaso o ningún interés por «La Cosa Pública». Sólo aspiran al poder por el poder. Son hedonistas. Buscan el bienestar para toda la vida en el ámbito de la política. Para ellos la ciudadanía es pañuelo de papel. Careciendo de programas reales para gobernar se comportan como los antiguos charlatanes de feria. Frente a lo que hace el contrario enfatizando nos dicen: ¡Nosotros lo haremos mejor!
En definitiva, son tan embaucadores como el podemita.

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