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En marzo de 1965, un grupo de trabajadores agrícolas de la finca del Rosalejo, en Alcalá de Guadaíra, encontraron unos restos arqueológicos tras una serie de fuertes lluvias que desviaron el cauce de un arroyo cercano, dejando parte de ellos al descubierto. En seguida se hizo eco ABC, que se personó en el lugar de los hechos sacando fotografías del hallazgo, poniendo de manifiesto la importancia del descubrimiento. Tras conocerse la noticia en el pueblo, un grupo de aficionados apodados a sí mismos «Los amigos de la arqueología» decidieron desenterrarlos para evitar su pérdida o deterioro.

Entre los objetos encontrados aparecieron una serie de vasijas con restos humanos en su interior, así como monedas de la época del Emperador Claudio, vajillas e incluso joyas. El conjunto de restos fue clasificado como la necrópolis de una villa cercana, la Venta El Parrao. Vicente Romero, miembro del grupo de excavación, catalogó estos recipientes como ánforas cretenses, dando origen a la conferencia expuesta en el segundo Congreso de Historia y Cultura de Alcalá de Guadaíra.

Luis Gethsemaní, arqueólogo alcalareño, junto a su compañera Livia Guillén, en el transcurso de su tesis doctoral sobre el poblamiento humano en época tardoantigua, descubrieron un error importante en la clasificación y decidieron ahondar en él. La investigación se presentó bajo el título Breves apuntes sobre las (supuestas) ánforas cretenses de Alcalá de Guadaíra y su contexto arqueológico». Gethsemaní comenzaba así su exposición: «el título de la conferencia en sí mismo es un tanto provocativo, porque realmente estas ánforas no son cretenses ni en lo geográfico, ni en lo cultural ni en lo tipológico, aunque así fueron adjetivadas por Vicente Romero en 1975».

Para los no expertos, esta clasificación podría llevar a pensar que se trata de las ánforas de la época minoica, es decir, de la Edad del Bronce. Estas estaban decoradas con motivos florales, líneas onduladas y animales marinos; y eran consideradas bienes de lujo. A pesar de nombrarlas cretenses, Vicente Romero deja claro en su libro que sabía que eran romanas. Eso, sumado a las imágenes que se publicaron, evidencia otra posible hipótesis. Se planteó que el uso «cretense» pudo haberse referido a su origen, en lugar de su época, los talleres de la isla de Creta durante la época Romana.

Esta teoría tendría más peso por coincidir con el contexto arqueológico de la zona, que clasifica todos los hallazgos como romanos. Sin embargo, los registros que se tiene de estos objetos desmintieron esa segunda idea. Tras analizar el material del que estaban fabricadas, se determinó que el color amarillo y la composición correspondían a materiales de la Bahía de Cádiz.

Por lo tanto, la correcta denominación es ánforas gaditanas de la época altoimperial romana, siendo, así, de mediados del siglo I d.C. y segunda mitad del II d.C.; aunque el asentamiento permaneció hasta finales del siglo IV o inicios del V. Se comercializaron a través del río Guadalquivir, antiguo Baetis, evidenciando el trasiego comercial desde la costa hacia las zonas interiores. Se usaban principalmente para transportar salazones, salsas de pescado y en menor medida, vino. «Probablemente los pobladores de la villa de la Venta El Parrao se abastecieron de ellas y, tras consumir el producto que contenían, las apilaron para ser reutilizadas en la necrópolis». En el cementerio coincidieron varios ritos funerarios, la cremación fue el predominante, pero también se realizaron inhumaciones infantiles en las ánforas.

Según los registros de Vicente Romero, también se halló una especie de depósito de ánforas vacías que quizás se apilaron para ser usadas posteriormente. La alta mortalidad infantil de la época pudo ser uno de los motivos de ese almacenamiento, pero también pudieron servir para otras funciones secundarias dentro de la necrópolis «tales como realizar ofrendas, construir canales para hacer libaciones, su empleo como testigos funerarios o como aparejo en la construcción de otras estructuras del cementerio».

El número exacto de ánforas o los diversos objetos desenterrados no se puede definir con certeza debido a que no se tiene un registro exhaustivo y muchos de los objetos se perdieron. Las fotos de los diversos medios fueron clave para su estudio. La Voz de Alcalá contribuyó a esa documentación con una foto de una calidad muy superior a las publicadas en otros medios como ABC. La imagen perteneciente a la colección de postales que se adjuntaban al medio muestra al grupo que protagonizó el descubrimiento, «los amigos de la arqueología», sosteniendo una de las ánforas.

La corrección llevaba a cabo durante el congreso ha logrado contextualizar de una manera más precisa los restos de los primeros pobladores de la zona, acercándonos más a aquellos «alcalareños primigenios», permitiéndonos conocer mejor nuestra historia.