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Eloína Marcos es una de las embajadoras alcalareñas en el mundo de la cultura a nivel nacional. Enamorada del teatro desde niña, su paso al sector audiovisual de la mano de la serie Bandolera le abrió camino a otras como El Príncipe o Allí Abajo. A sus 33 años sigue con el alma enredada en los escenarios, aunque la vida la sigue llevando delante de las cámaras.

Polifacética y curiosa, da clases de interpretación y ahora graba para uno de sus últimos proyectos: un papel en la serie Amar es para siempre. A la gran pantalla llega con Mi gran despedida, que protagoniza. Su estreno, aplazado por la pandemia, se hizo realidad por fin el pasado 23 de agosto en el Festival de Cine de Málaga.

–Hábleme de Mi gran despedida.

–Es una historia de mujeres. Mi personaje, Sara, se va a casar, y sus amigas y las mujeres de su familia le preparan una despedida de soltera. La película reflexiona sobre el rito de paso de la soltería al matrimonio, en cierto modo también la transición de niña a adulta. Alrededor de Sara, otros tres personajes femeninos pasan por su propio punto de inflexión vital. Es una comedia, con aire incluso chirigotero, que poco a poco va adquiriendo un cariz más íntimo.

Eloína Marcos en el papel de Sara. Lva

–Una historia de mujeres contada por mujeres: ¿Hay un mensaje feminista?

–Hay mirada femenina, y se reflexiona sobre la problemática de los roles de género. Cómo nos comportamos, qué se espera de nosotras, qué nos gustaría en realidad… Ese es básicamente el tema de la película. Se habla de la maternidad, del matrimonio, de la sexualidad, con perspectiva de género.

–Otra característica principal en esta producción es el acento andaluz.

–Hay orgullo andaluz, identidad andaluza. Cádiz, donde se ambienta la historia, es casi un personaje más. Prácticamente todo el elenco son mujeres andaluzas, muchas gaditanas, y la película va sobre lo que significa ser mujer y mujer andaluza. Se ha querido reivindicar también los escenarios tan especiales que tiene Andalucía, Cádiz en este caso, e incorporarlos a la narración. Alcalá, sin ir más lejos, tiene sitios preciosos para contar historias.

–¿Se está viendo por fin cierta apertura a lo andaluz en el arte?

–Yo lo estoy notando mucho. Siempre han asociado al andaluz con el tipo de personaje de clase baja, criados, prostitutas, el gracioso… Desde hace unos años esto está cambiando y cada vez se nos valora más; todavía hay reparos, pero poco a poco se nos está dando espacio a los andaluces para contar historias serias. El acento, que es la gran batalla, cada vez está más aceptado. Aun así, todavía hay mucho por hacer.

–Es inevitable hablar de la crisis sanitaria y cómo lo ha trastocado todo. ¿Hay miedo en el sector?

–Históricamente, el arte prácticamente vive en crisis, estamos acostumbrados a remontar en momentos complicados. Es verdad que se ven pocas personas en los cines, que se ha complicado todo… Pero se están abriendo paso plataformas digitales y buscando nuevas fórmulas. La pandemia está acelerando el proceso, pero son cambios que no son nuevos. No me gustaría que el cine como tal, ese rito social tan importante, se perdiera, pero de una forma u otra el sector seguirá.

–¿La COVID-19 va a cambiar el cine?

–El cine siempre refleja las realidades sociales. Puede ser en forma de evasión o reflejando la realidad directamente y aportando una visión crítica. Para lo último está demasiado presente aún la pandemia, pero creo que los personajes van a estar teñidos de los miedos y la incertidumbre que nos ha traído; se van a cuestionar más su futuro.

–¿Cómo se vive un rodaje en tiempos de pandemia?

–Tenemos pruebas constantemente para garantizar que no tengamos el virus, hay muchísimo control y sentido de la responsabilidad. Seguimos haciendo las escenas que tienen contacto físico normal, pero estamos evitando besos cuando es posible. Lo que se ve es muchas ganas, mucha energía, «vamos, esto hay que sacarlo para adelante…». El arte no puede morir por una pandemia.

–Hábleme de Eloína Marcos. ¿Por qué la actuación?, ¿desde cuándo?

–Uf, llevo casi toda la vida. Empecé con 10 años en unos talleres de teatro en la Casa de la Cultura, yo era una niña muy tímida, pero una amiga y mi madre me animaron a apuntarme… y ya nunca lo dejé. Empezamos con juegos, como diversión, pero cuando pasé al instituto me di cuenta de que quería más. Entré en una escuela de teatro y empecé a participar en todas las obras amateur que podía; cuando llegó el momento de elegir carrera ya lo tenía muy claro e hice Arte Dramático.

–¿Qué rol ha cumplido su familia en esta vocación?

–Mis padres me apoyaron mucho. Yo dudé por aquello de las salidas, te dicen que no vas a encontrar trabajo… Pero ellos vieron que era algo que me hacía feliz y me dijeron, «inténtalo». Tanto mi padre como mi madre son profesores, mi madre en el IES Albero y mi padre en el Monroy, y en casa siempre hemos valorado mucho todo lo relacionado con la cultura.

–A día de hoy, ¿cuál diría que es la mejor y la peor parte de su trabajo?

–La mejor, para mí, es la investigación y el ensayo. Ya sea para un personaje o desarrollando técnicas de interpretación… Al final estás hablando sobre el ser humano, sobre lo que ama, lo que lo mueve, sus conflictos… Lo peor, probablemente sea la inestabilidad. Este trabajo le dificulta crear hogar, ya sea estableciéndose en un sitio o formando una familia. En general, en esta sociedad crear vínculos parece que es tiempo perdido. Nos están obligando a una productividad extrema, si no, te hacen sentir mal.

–Volviendo a Alcalá, ¿qué me diría de la situación del sector cultural?

–Sé que se están haciendo cosas, sobre todo a nivel privado, y se han vuelto a programar festivales en el Castillo… Aunque me da mucha pena el Gutiérrez de Alba, que fue el teatro donde empecé. Ahí di mis primeros besos e hice mi primera obra de teatro, pero ahora lo veo muy parado. Habría que reivindicar estos espacios.

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