Nunca se me olvidará el día en que entendí en toda su dimensión, y de primera mano, el significado político de filiación y toda su carga negativa. Andaba uno por la Facultad de Geografía e Historia, en el ecuador de la carrera, era tiempo de Universidad. Sucedió en clase de Historia Medieval. Admiraba a aquel profesor medievalista fino e ingenioso que nos conducía por las historias de la Historia y que sabía transmitir todo lo oculto de una época que, lejos de ser oscura, estaba llena de luces. Unas luces que él se encargaba de encender para que la verdad llegara hasta nosotros en forma de alumbramiento. Pero aquel día la verdad saltó del lejano mundo medieval y se reveló, simple y triste, en el ordinario presente continuo. Fue esta una iluminación involuntaria: En un momento dado, no recuerdo a cuento de qué, el profesor empezó a comentar la actualidad política de España. Era el año 1997. El año anterior, el partido socialista de Felipe González había caído derrotado en las elecciones generales después de catorce años de gobierno. Y refiriéndose a aquello, mi admirado profesor terminó diciendo, palabra por palabra: «… a nadie se le escapa que el PSOE ha sido víctima de una conspiración urdida por sus enemigos, que no han dejado de hilar una falsedad tras otra hasta echarlo del poder». ¿Cómo podía mi insigne y estimado profesor decir algo así sin que se le erizaran los pelos de la barba? Toda la corrupción del felipismo (Juan Guerra, Filesa, Ibercorp, Roldán…), los crímenes de los GAL, la politización judicial («Montesquieu ha muerto», dicen que dixit Alfonso Guerra), que eliminó la elección de vocales del Consejo General del Poder Judicial por parte de jueces y magistrados (pasaron de nombrar a doce miembros del Consejo a cero; ¡y hasta ahora!)… todo negado, ni siquiera justificado, y los buenos, como siempre: víctimas de los malos.
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