Bajo el palio de un tiempo envilecido por la heliosis de la mediocridad, asistimos al desfile de los heresiarcas del caos impuesto, esos que pretenden administrar la luz desde ocultos despachos alfombrados con el fieltro de los «chemtrails». Dicen que un atrabiliario de ultramar, de faz broncínea y testuz de meteorito dorado, agita el avispero de las cancillerías mientras las pantallas devuelven la imagen de multitudes sudamericanas, por un lado, y del Próximo Oriente, por otro, que celebran, quizá, la fractura de un dogma que nos ha asfixiado a todas las criaturitas rojigualdas de Dios desde inmemoriales tiempos sumerios.

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