Elisabeth Dundas. Archivo S.D.

Elisabeth Dundas era una mujer de buen ver. Debía sobrepasar los cincuenta cuando la conocí, pero en verdad era de esas mujeres a las que no se puede asignar una edad concreta; de huesos hermosos, cuya presencia y movimientos impulsa una elegancia natural. Sus ojos eran vivos y su mirar dulce. Usaba gafas redondas y pequeñas, de montura dorada.
Una mañana y una tarde las pasé con ella en la Garrison. Supe por lo que me fue contando durante la jornada que había estado gran parte de su vida entre libros y además desde muy niña había sido una lectora voraz, empedernida, aunque sabiendo siempre elegir sus obras predilectas.

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