Hay épocas en que la historia se acelera. La realidad histórica se transforma en un sentido imprevisto y todo lo que dábamos por seguro se desmorona. Enero de 2026 fue uno de esos momentos. Justo cuando Trump decidió la invasión de Venezuela y secuestró a Maduro. La operación confirmaba las amenazas militares, ya no solo los chantajes arancelarios, la lógica de la pulsión imperial por la que se rige la Casa Blanca pongamos, al menos, desde 1898. La novedad es que nunca el exhibicionismo del brutalismo político había sido tan obsceno, nunca la humillación del derecho internacional tan flagrante. Tal vez, solo cuando Hitler ocupó los Sudetes de Checoslovaquia… Es así que el pasado retorna doblegado al poder de la fuerza, como presagio de la confrontación y calamidades del catastrófico siglo XX. Vivir y convivir se convierten en algo incierto, pero preciso de compromiso en el presente para un futuro alternativo a ese pasado.

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