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Alcalá, una ciudad sin techos

Superada la fase más dura de la pandemia y a las puertas de la segunda ola los únicos rebrotes que se observan son de coronavirus, porque la política y la humanidad continúan clínicamente muertas. Mientras las preocupaciones de muchos ciudadanos en estos momentos pasan por la cancelación gratuita del hotel donde tenían previsto alojarse en vacaciones, a otros muchos les horroriza no saber dónde se resguardarán del calor, del frío y de la lluvia.

En Alcalá hay personas que viven en las escaleras de un bloque de pisos porque, aún teniendo ingresos, son pobres. Viven en la exclusión social y nadie les ayuda a salir de ella. También hay ancianos, menores de edad, mujeres embarazadas y enfermos que pronto serán desahuciados, lanzados a la calle como animales. En todos los casos, la queja y la demanda es común: una vivienda social digna y asequible. Pero Alcalá es una ciudad que no tiene techos para las familias desfavorecidas o, al menos, no los pone a disposición de quienes las necesitan. Sin embargo, este no es el mayor de los problemas, porque se podría resolver rápidamente con dinero. ¿Cuántos pisos se podrían disponer para alquiler social con el millón y medio que el gobierno va a gastar en la nueva calle entre la Plaza Cervantes y Conde de Guadalhorce?

El verdadero problema es la falta de voluntad política para atajar la exclusión. El gobierno argumentará que acaba de aprobar 1,8 millones para emergencia social, y así es. Pero esta medida solo sirve para sostener la pobreza generada durante años por sus propias políticas sociales, no para erradicarla. Un verdadero gobierno socialista debe priorizar sus esfuerzos en la protección de las familias más desfavorecidas y no en ahorrarle millones a las poderosas multinacionales de las plantas fotovoltaicas, puesto que la inversión solo revierte en sus propios balances de cuentas, y, probablemente, en la de algún empresario local, pero no en la economía ni en el bienestar de los ciudadanos. La amabilidad que demuestra el ejecutivo con los magnates de la energía solar confronta con la falta de empatía que ejerce con los desfavorecidos que acampan en la puerta del Ayuntamiento o piden amparo con desgarro ante el Defensor del Pueblo Andaluz. Lamentablemente, Alcalá se ha convertido en una ciudad hostil para las familias sin techo.

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Sobre el autor

Francisco Amador

Francisco Amador

Licenciado en Periodismo. Actualmente en Sevilla Actualidad y La Voz de Alcalá. Antes en Localia TV y El Correo de Andalucía.

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