Desde Searus

Alcalá y La Habana

Hace ya unos años, visité la capital de Cuba. Nada más llegar observé el rigor de la Revolución y el pétreo control de las libertades. Me hospedaba en el Hotel Sevilla, ubicado cerca del Paseo del Prado, y la primera noche pregunté al botones dónde podría comprar un periódico.

Me ofreció el Gramma que había en la recepción a cambio de una propina. Todavía lo conservo. En el intercambio, ingenuo de mí, le pregunté si era el oficial y reaccionó como si hubiera visto un fantasma. No daba crédito. «Aquí todo es oficial, muchacho», asintió con recelo. Un par de días más tarde, apurando la estancia, busqué una librería para comprar algunos libros de historia sobre la Revolución contada por los revolucionarios. El librero cerró con llave la puerta del establecimiento y se desahogó hablando de las luces y las sombras del régimen. La Revolución que los liberó del yugo de los gringos se había convertido en una caza de disidentes, en persecución y en represión al pueblo cubano, al que solo le quedan las guajiras y el ron.

Y Alcalá no es La Habana, ni con más negritos ni con más salero, pero tienen algunas cosas en común por más que a ambas ciudades las separe un océano. La alergia de ambos gobiernos por la prensa libre y la persecución al disidente las asemeja, además de las exóticas guayaberas de Enrique Pavón. El gobierno de Alcalá tiene su propio Gramma, el oficial. Se llama Ahora Alcalá y no tiene firmas, porque del mismo modo que el diario cubano, es un instrumento del órgano oficial: ojana a la gestión del delegado de Hacienda y Urbanismo, Jesús Mora; portadas para el «postureo» de la alcaldesa, Ana Isabel Jiménez, que constantemente pretende hacer ver que está sin estar; y críticas a los disidente, llámese FICA, oposición, sindicatos o medios de comunicación. Este gobierno, como aquel, también tiene su ejército de chivatos que obliga a hablar en voz baja y hasta comisarios políticos en la puerta del Ayuntamiento que controlan quién entra y sale, interfiriendo incluso en la labor intachable de los funcionarios de la OAC. Poco importa que el régimen de allá sea comunista y el de aquí neoliberal, porque ambos –salvando las distancias– convergen en una falta de respeto a valores democráticos que se creían consagrados.

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Sobre el autor

Francisco Amador

Francisco Amador

Licenciado en Periodismo. Actualmente en Sevilla Actualidad y La Voz de Alcalá. Antes en Localia TV y El Correo de Andalucía.

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